PREGÓN DE NAVIDAD JUMILLA, AÑO 2010
Sr. Cura Párroco del Salvador,
Ilmo. Sr. Alcalde de Jumilla, Sr. Concejal, Sr. Presidente y miembros de la
Asociación Belenista San Francisco de Asís, queridos familiares y amigos.
Agradezco a la Asociación Belenista
San Francisco de Asís y en particular a su presidente Francisco Jiménez la
invitación para realizar el Pregón de Navidad 2010. También quiero agradecer
muy especialmente a Mª Dolores Gil su introducción, como habéis podido
comprobar sus palabras rezuman la amistad y el cariño que nos une. Tu
presentación Mª Dolores, me da tranquilidad porque me permite corroborar que
esta mañana me encuentro rodeado del calor de los amigos.
Cuando me llamó Frasqui para
hacerme la grata propuesta de realizar este Pregón, me sentí profundamente
honrado y halagado, sentí además una mezcla de alegría y dudas. La alegría,
la ilusión, perdura todavía como podéis comprobar; las dudas desaparecieron
en unos segundos, los mismos que tardó Santi, mi mujer, en transmitirme su
confianza, apoyo y colaboración que ha mantenido desde entonces y hace que
hoy sea posible este pregón.
Al preparar estas líneas me venían
a la mente, de forma desordenada muchas veces, recuerdos, vivencias,
sentimientos, impresiones... Ingredientes todos ellos, que me gustaría ser
capaz de seleccionar, mezclar, amasar y hornear como nuestras madres y
abuelas han hecho siempre en Jumilla y así poder traeros hoy mi pregón, cual
friolera navideña jumillana, de presentación austera, dulce al paladar y
preparado en casa con mucho cariño.
De ese cúmulo de pensamientos os
traigo esta personal evocación de la Navidad
Días cargados de emoción,
amor, ternura, añoranzas.
¡Fiesta, júbilo, alboroto!
Amalgama de aromas y luces,
almendra, vino, azúcar, manteca…
Aire limpio, claro. Allá arriba el
castillo.
Bufandas, guantes, abrigo,
fría brisa en el rostro,
¿habrá nevado en Santa Ana?
Hijos, padres, amigos,
¡alegría, besos, felicitaciones,
música, villancicos, panderetas!
Niños, risas, abrazos,
comidas, reencuentros,
celebraciones,
prisas, cenas. Misa de Gallo.
Carta a los Reyes Magos,
infancia, magia, ilusión,
cabalgata, nervios, espera…
regalos.
Belenes grandes y pequeños,
río, montaña, estrella.
ángeles, ovejas, pastores.
Por allí vienen los Reyes,
en un rincón el perverso Herodes
y en el centro nace el Niño.
¡Vuelve a nacer el Niño en mi
corazón!
Todo esto y mucho más significa
para este jumillano la Navidad.
En estas líneas, que no me atrevo a
llamar versos, se podría resumir mi pregón, pero me vais a permitir que me
extienda algo más y desarrollar un poco esta lluvia de ideas.
Pregonar la Navidad centrándome en
el misterio de la “Caravana de los Reyes Magos”, ésa fue la propuesta y aquí
estoy esta mañana del tercer domingo de Adviento, con todos vosotros, en
Jumilla, en casa. Aunque desde hace más de treinta años no resido aquí,
puedo afirmar que amo profundamente a Jumilla, el pueblo donde nací.
Indudablemente el hecho de que Santi sea también jumillana ha facilitado que
nunca hayamos perdido el contacto con nuestro pueblo, con sus gentes, con
nuestros familiares y amigos, con sus fiestas y con sus tradiciones. Estoy
convencido que todo ello imprime carácter y da personalidad, sentimiento
jumillano transmitido también a nuestros hijos, que aunque nacidos en Murcia
se sienten enraizados aquí. No puedo evitar rememorar que en esta Iglesia de
El Salvador bautizamos a Juan Francisco, nuestro primer hijo, el Sábado de
Gloria de 1983. Nunca diré en fin que recuerdo Jumilla, porque para mí
recordar implica antes haber olvidado y nunca me he olvidado de mi pueblo.
Pregonar la Navidad para que hoy en
Jumilla, siga resonando el alegre anuncio del Ángel a los pastores: “os
anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy,
en la ciudad de David, el Mesías, el Salvador” (Lc 2,11).
Pregonar la Navidad con la triple
finalidad de anunciar, ensalzar e invitar a todos los jumillanos a celebrar
este tiempo litúrgico, ése es mi propósito.
Al escribir el pregón he tenido
siempre delante el Evangelio, la Buena Noticia, la mejor de las noticias,
que nos anuncia el nacimiento de Dios en la tierra.
Es difícil hablar de Navidad sin
caer en tópicos: fiesta emotiva, familiar, reconciliadora; pero también con
su otra cara, la fiesta del consumismo exagerado, del despilfarro, de las
grandes comilonas, de los excesos… Pero, como dice el P. Dominico Miguel
Ángel Gutiérrez, “con todos los tópicos que se quieran, la Navidad es una de
las fiestas más importantes, más significativas y preferidas de los
cristianos y no deja indiferente a nadie, creyente o no. ¡La Navidad,
siempre viste de fiesta nuestra vida! (Pregón de Navidad 2007. Álava)
Todos tenemos una memoria navideña
donde vamos grabando entrañables momentos vividos en estas fechas. Busco en
mi mente recuerdos de mis Navidades infantiles, en aquellos años 60, donde
las calles no estaban tan iluminadas, ni había grandes escaparates ni
centros comerciales que nos bombardearan con publicidad.
Hemos pasado en unos años, no
muchos, de celebrar la Navidad en casa, a celebrarla casi más de puertas a
fuera; de esas calles donde apenas se notaba algo más movimiento que en
otras fechas, a unas calles formidablemente iluminadas; hemos pasado también
de comidas y cenas en casa, a las comidas y cenas en restaurantes, con
grupos de compañeros, amigos, familiares…, incluso los días de Nochebuena y
Navidad; hemos pasado de los modestos adornos y pequeños belenes en nuestras
casas a los grandes adornos y luces en ventanas, comercios y escaparates;
hemos pasado de comer los dulces de navidad (las frioleras jumillanas), sólo
en estas fechas, a poder comprarlos durante todo el año; de hornearlos en
casa, a fabricarlos industrialmente.
Sí, ha cambiado la forma de
celebrar la Navidad, pero no debemos olvidar su verdadero significado, en
palabras de Benedicto XVI “La Navidad es el gran acontecimiento histórico y
a la vez misterio de amor, que desde hace más de dos mil años interpela a
los hombres y mujeres de todo tiempo y lugar”. (Benedicto XVI. Mensaje de
Navidad 2007)
En estos días decimos una y otra
vez: “¡Feliz Navidad!”. Es una expresión, una frase que repetimos a menudo y
que pese a su reiteración no debemos dejar vacía de contenido, queremos
decir y decimos ¡Feliz Navidad!; yo os propongo hoy que, como cristianos,
nos olvidemos para siempre del sucedáneo, del genérico Felices Fiestas y
usemos siempre el original: ¡Feliz Navidad!
La Navidad, manifestación de Dios
como gracia y como salvación, despierta emociones que invaden nuestro
corazón: recuerdos y nostalgia por los seres queridos que ya no están y
sobre todo alegría por los que volvemos a encontrar en torno a una noche
mágica, llena de deseos de amor y paz, de risas, besos y abrazos, de
llamadas de teléfono y de mensajes.
La Navidad adquiere su valor cuando
la sentimos dentro de nosotros y despierta lo mejor del ser humano, es decir
cuando experimentamos la presencia de Dios dentro de cada hombre y cada
mujer.
No puedo realizar este pregón sin
recordar a San Francisco de Asís. San Francisco enamorado de la dimensión
humana de Jesús, decidió, en la Navidad del año 1223, representar el
nacimiento en una gruta de la población de Greccio. Cuenta su primer
biógrafo, Tomás de Celano, que los vecinos que se acercaron a verlo
experimentaron una sensación de alegría, ternura y amor, tan real como si se
hubiesen trasladado en el tiempo a Belén, “cada uno volvió a su casa lleno
de inefable alegría” narra Celano (Tomás de Celano. Vita prima, op. Cit.,
n.86, p. 479).
Aquella noche de Greccio recordó a
la cristiandad la intensidad y la belleza de la fiesta de la Navidad, y ha
ayudado al Pueblo de Dios a comprender su mensaje, que Dios verdaderamente
se ha convertido en el “Enmanuel", el Dios-con-nosotros, del que no nos
separa barrera alguna. En ese Niño, Dios se ha hecho tan próximo a cada uno
de nosotros, tan cercano, que podemos tratarle de tú y mantener con él una
relación confiada de profundo afecto, como lo hacemos con un recién nacido.
Desde entonces la tradición del
Belén se extendió, gracias a los franciscanos, por todo el mundo cristiano,
primero en templos y palacios, luego también en casas particulares. El Belén
no es sólo una representación iconográfica, sino una elocuente catequesis
que, con mudos personajes, nos habla de lo acontecido hace más de dos mil
años, con una riqueza simbólica que va más allá de la mera representación
artística.
Debemos conservar la tradición
cristiana del Belén porque representa nuestra fe, nuestra historia, nuestra
cultura religiosa. Tradición que se ve reforzada por asociaciones
belenistas, como esta Asociación San Francisco de Asís de Jumilla, que hace
posible que hoy estemos aquí reunidos anunciando la Navidad.
El Belén ha sido siempre una
constante en mis Navidades y trae a mi mente recuerdos muy especiales, tanto
visitar Belenes, como poner el Belén en casa.
Entre los Belenes que visitaba
siendo niño el del Asilo, me parecía enorme, con tantas figuras, tantos
adornos, emanaba amor; recuerdo como anécdota aquel monaguillo mulato de
madera que con rítmicos movimientos de cabeza agradecía las monedas que
entraban en su hucha. El Belén de la Iglesia de Santiago con sus grandes
figuras del que siempre me chocó ver los Reyes a caballo y no en camello. El
del Salvador, del que me impresionaban las casas y calles tan reales que
parecían contener vida. Disfrutaba también contemplando el Belén de las
casas particulares de amigos y familiares. Hoy seguimos visitando Belenes,
el del Palacio Episcopal en Murcia y todos aquellos que podemos en nuestros
ratos de ocio. Del mismo modo solemos pasear por el mercadillo de Navidad
que anualmente se instala en Murcia, para comprar alguna nueva figura, o
simplemente ver y comentar detalles y nuevas ideas para nuestro Belén.
Y lo más importante, poner el
Belén, si mi participación en esta tarea fue creciendo conforme a mi edad,
la ilusión por su montaje ha aumentado en mí muchísimo más. ¡Montar el
Belén! o ¡Poner el Belén!, es una expresión que me recuerda que estamos ya
cerca de la Navidad, acaba el Adviento y estamos preparando nuestras casas y
nuestros corazones para recibir a Jesús.
Al principio me limitaba a preparar
la mesita, el papel pintado que simulaba un paisaje estrellado nocturno,
ayudaba a sacar la caja del Belén y dejarlo preparado para que cuando
llegase mi padre de trabajar, entre él y mi madre lo montasen. Poco a poco
mi participación fue en aumento, recoger ramas, piedras, piñas. Desenvolver
las figuras, revisarlas, restaurar los posibles desperfectos. No faltaban
naturalmente las luces de colores, que con su intermitencia parecían dar
movimiento a las figuras, recuerdo con cariño cómo mi padre hacía que
coincidiese una bombillita azul con el río, hecho con el papel de plata de
las tabletas de chocolate, una roja con la hoguera de los pastores, otras
dentro de las casitas de corcho y una luz blanca y grande en el portal.
Cuando nos casamos Santi y yo no
tardamos en comprar un nacimiento al que pronto acompañaron los Reyes y
luego año tras año fue creciendo el número de figuritas, conformando así
nuestro Belén. Y es tal la ilusión que sentimos, ¿verdad Santi? que siempre
hemos procurado ponerlo con nuestros hijos, que ellos participasen
distribuyendo las casitas, las figuras, realizando hortalizas con plastilina
que luego colocábamos en un pequeño huerto realizado con granitos de corcho,
también marcando los caminos con piedrecillas, repartiendo el musgo…
Desde muy pequeñitos primero
Juanfran y luego Pedro Javier tenían sus pastorcillos y sus animalitos de
plástico con los que jugaban, colocaban y recolocaban a su gusto en el
Belén, incluido ese gatito que aparecía cada día sobre uno u otro tejado de
las casas de corcho o cartón.
Cuántos momentos hemos dedicado a
explicarles el significado de cada una de las figuras, de cada uno de los
misterios del Belén. Belén para el que cada año debemos buscar una nueva
ubicación un poco más grande, ya que sigue creciendo con nuevas escenas,
casas, puentes…, algunos de estos detalles regalo de mis hijos, otros hechos
por nosotros. Unos años han sido belenes con ríos de plata, otros con agua
de verdad, incluso los pececitos vivos de Pedro Javier dejaron por unos días
la pecera para convertirse en esos peces que según el villancico “beben y
beben y vuelven a beber”.
A este Belén se ha sumado nuestra
afición por coleccionar y regalar nacimientos, nacimientos y belenes de
nuestra región y de los lugares a donde viajamos. Así en Navidad en casi
todos los rincones de nuestro hogar colocamos uno, el pasado año llegamos a
exponer quince de diversos tamaños y procedencia. Antes de que se casasen
Juanfran e Isa ya les habíamos regalado un nacimiento, para que no faltase
en la primera Navidad en su nuevo hogar.
De manera inseparable al Belén
están en mi mente los villancicos, ¿cómo entender la Navidad sin
villancicos? Jesús dijo: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). En medio de nosotros está Jesús
cuando nos reunimos ante el Belén para cantar villancicos. Cuántos recuerdos
infantiles de villancicos, de panderetas y zambombas, todavía guardo con
cariño la pandereta de mi hermano Eusebio junto a los adornos navideños y
año tras año evoco con ella mi infancia. Recuerdos también más tardíos, de
mis años del Instituto, donde nuestro 6º curso ganó el concurso municipal de
villancicos en la Navidad de 1975, con un villancico compuesto por nuestros
compañeros y del que guardo todavía la grabación original de uno de los
ensayos, os confieso que aunque yo no cantaba, no me perdía ninguno de los
ensayos, porque disfrutaba mucho estando con mis amigos.
La celebración de la Nochebuena es
otro de mis momentos más entrañables de la Navidad, la cena de Nochebuena
siempre ha significado para mí reunión familiar, unida de forma inseparable
a la Misa de Gallo. Seguimos asistiendo, casi siempre en familia, a esta
celebración litúrgica, alrededor de la mesa donde la esperanza cristiana de
salvación se hace realidad y Dios se hace Hombre. Al acabar la misa la
adoración a Jesús, simbolizado en el besapié a la imagen del Niño, que nos
transporta en el tiempo y nos transforma en aquellos afortunados
pastorcillos de Belén que acudieron a la llamada del Ángel. Recuerdo, así
mismo, cómo siempre me ha asombrado oír a Antonia, mi suegra, contar que en
Nochebuena no se acostaba en toda la noche, preparando la casa para el día
de Navidad, haciendo así realidad el villancico cuando dice “esta noche es
Nochebuena y no es noche de dormir”.
El nacimiento de un niño es, o debe
ser siempre, motivo de alegría, la familia aguarda ese momento con ilusión,
con esperanza. Así, con alegría, ilusión y esperanza debemos recibir el
nacimiento de Jesús, es la gran noticia de la Navidad y se repite año tras
año desde hace ya más de dos milenios. Él es Dios, pero nace en un pesebre.
Él es la Palabra, pero nace en silencio. El Niño Jesús que nace, sin hablar
ya nos habla de Dios, nos dice que Dios es un cúmulo de bendiciones y de
gracias, nos dice que quiere infinitamente al hombre.
Pero centrémonos ya en la Caravana
de los Magos, buscar los orígenes de esta tradición nos lleva al Evangelio
de San Mateo. En el capítulo 2, narra cómo unos Magos, guiados por una
luminosa estrella, llegaron a Belén para adorar y ofrecer sus dones al
recién nacido, burlando al infanticida más temido y famoso de la historia,
Herodes. Pero el evangelista no afirma que fueran reyes, ni ofrece detalles
concretos sobre su origen, ni su nombre, ni siquiera su número, Mateo sólo
pretendía realzar la naturaleza divina y el carácter de Jesús como Mesías,
como salvador de toda la humanidad.
Ha sido la Tradición de la Iglesia,
los evangelios apócrifos, las leyendas de la infancia de Jesús, y la
interpretación de los Padres de la Iglesia los que han conformado la leyenda
de los Reyes Magos, tal como la conocemos en la actualidad: tres Reyes
Magos, Melchor, Gaspar, Baltasar; tres razas; tres edades de la vida... El
significado de los regalos a Jesús: oro porque es Rey, incienso porque es
Dios, mirra porque es Hombre.
No es mi intención hoy analizar
datos históricos, interpretaciones o evidencias sobre los Magos, sino
realizar con vosotros una reflexión sobre el mensaje que nos quieren
transmitir cada uno de los personajes que intervienen en esta escena, en
alguno de ellos podemos vernos identificados.
Rubén Darío, en su poema Tres Reyes
Magos, lo interpreta así:
-Yo soy Gaspar. Aquí traigo el
incienso.
Vengo a decir: la vida es pura y
bella.
Existe Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé por la divina Estrella!
-Yo soy Melchor. Mi mirra aroma
todo.
Existe Dios. Él es la luz del día.
La blanca flor tiene sus pies en
lodo.
¡Y en el placer hay la melancolía!
-Yo soy Baltasar. Traigo el oro.
Aseguro
que existe Dios. Él es el grande y
fuerte.
Todo lo sé por el lucero puro
que brilla en la diadema de la
Muerte.
-Gaspar, Melchor y Baltasar,
callaos.
Triunfa el amor, y a su fiesta os
convida.
Cristo resurge, hace la luz del
caos
y tiene la corona de la Vida.
El pasaje de los Reyes Magos
pretende subrayar que la salvación que viene a realizar Dios en la tierra no
está restringida al pueblo de Israel, sino que está dirigida a toda la
humanidad representada en unos extranjeros, los Magos. Es la Epifanía, la
manifestación del anuncio de salvación a todos los pueblos.
En primer lugar analicemos la
estrella, “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? (dicen los magos
a Herodes) Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle” (Mt
2, 2). La estrella representa la llamada de Dios, es el mismo Dios, la Luz
del mundo, quién sino Dios habría guiado a los Magos hasta el Mesías.
«Nos ha amanecido un día sagrado:
venid, naciones, adorad al Señor,
porque
hoy una gran luz ha bajado a la
tierra»
(dice la aclamación al Evangelio
del día de Navidad)
Dios de Dios, Luz de Luz, rezamos
en el Credo refiriéndonos a Jesús. La Luz de Cristo es portadora de Paz, de
verdadera Paz, aunque para reconocerla, para acogerla, se necesita fe, se
necesita humildad, la humildad de María y de José que creyeron y confiaron
en Dios, la humildad de los pastores que escucharon el anuncio del Ángel y
corrieron a adorar al Niño, la humildad de los Reyes Magos que dejaron sus
casas para ir al encuentro del Dios hecho hombre y lo adoraron.
Pasemos ahora a los Magos, eran
astrónomos, conocedores de las Escrituras, hombres de ciencia en un sentido
amplio, pero abiertos a revelaciones y llamadas divinas. La estrella y las
Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron su camino. Son
auténticos buscadores de la Verdad, conjugan inteligencia y fe.
Juan Pablo II nos recuerda en su
encíclica Fides et Ratio: “La fe y la razón son como las dos alas con las
cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios
ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en
definitiva de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda
alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo”.
Recuerdo una ocasión en que un
franciscano muy querido en Jumilla, el Padre Ángel, me instaba a permanecer
en la fe, me dijo: Juan, entre los médicos conozco grandes creyentes y
grandes ateos, confío que tú seas siempre de los creyentes.
¡Qué triste realidad!, parte de la
sociedad quiere apartar a Dios de nuestras vidas, creen que todo lo puede
explicar la ciencia, el conocimiento y rechazan a Dios.
Los Reyes Magos reciben la llamada
de Dios en aquella estrella y no dudan en seguirla, se ponen en camino, pero
lejos de considerarse autosuficientes por su saber, están abiertos a
revelaciones y llamadas divinas. En su camino también hay un momento de
oscuridad, de confusión, pierden la estrella y no dudan en pedir ayuda, en
buscar las profecías. Es entonces cuando visitan a Herodes y escuchan a los
sacerdotes y escribas que les indican que deben dirigirse a Belén. Cuando
vuelven a ponerse en camino encuentran de nuevo la estrella, encuentran de
nuevo a Dios.
Otra virtud de los Magos, es su
gran humildad; cuando la estrella se detuvo sobre el lugar donde estaba el
Niño, dice Mateo: “vieron al niño con María su madre y, postrándose, le
adoraron” (Mt 2,11). Los Magos, sabios, poderosos, ricos, en busca del
futuro Rey de Israel, encuentran a un niño pobre, en un pesebre, y en lugar
de desilusionarse o incluso de escandalizarse, se pusieron de rodillas y le
adoraron, en un acto de sumisión y le ofrecieron sus presentes: oro,
incienso y mirra.
Todavía cabe destacar un aspecto
más de los Magos, “avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se
retiraron a su país por otro camino”, dice Mateo (Mt 2, 12). Después de
encontrarse cara a cara con Dios, su vida se transforma, su camino nunca
será el de antes. San Agustín en uno de sus sermones escribe: “También
nosotros, reconociendo en Cristo a nuestro rey y sacerdote muerto por
nosotros, lo honramos como si le hubiésemos ofrecido oro, incienso y mirra,
nos falta sólo dar testimonio de Él tomando un camino distinto del que hemos
venido” (Sermón 202. In Epiphania Domini, 3,4).
Fijémonos ahora en los pajes,
hombres y mujeres que en silencio, en segunda fila, sin protagonismo
realizan una labor de apoyo necesaria e imprescindible. Sin su ayuda los
Reyes no podrían llegar a Belén, ni transportar sus presentes, ni ofrecer al
Niño sus regalos. Cuántas personas son necesarias también hoy día, para
ayudar en las obras de Dios.
Una reflexión también sobre
Herodes, el personaje poderoso y cruel, que no dudará en eliminar, sin
contemplaciones, todo aquello que suponga un obstáculo en su camino, aunque
sean vidas inocentes. En el mismo corazón de la Navidad nos encontramos la
matanza de los inocentes. Un episodio que por su crueldad, solemos pasar por
alto para que no nos moleste. Herodes tras la conversación con los Magos
cree que su trono está en peligro y toma una decisión absurda e inhumana que
introdujo el dolor en el misterio navideño, pero que debemos encontrarle
sentido ya que, como creyentes, somos conscientes de que forma parte del
misterio revelado. Matar al hombre es matar a Dios. Cuántas decisiones así
se siguen tomando hoy día con los inocentes del siglo XXI.
Pero ¿en estos personajes los
Magos, los pajes y Herodes podemos encontrar todos los estereotipos del
hombre de hoy? Evidentemente no, queda un grupo importante de personas que
no estarían recogidas en ellos y que se pueden asimilar a otro de los
protagonistas de la caravana de los Magos, ¿os preguntaréis qué personajes
nos faltan? Los ausentes, los que no están en el Belén, todos los que vieron
la estrella pero no acudieron a su llamada. Cuántos hombres y mujeres
piensan que la llamada de Dios no va con ellos o, peor aún, apartan a Dios
de sus vidas en un intento de acallar su reclamo, en palabras de San
Agustín: “les sucedió como a los postes del camino, se quedaron inertes e
inmóviles” (San Agustín, Sermón 199 In Epiphania Domini, 1,2) viendo pasar a
los demás.
La importancia de los Reyes Magos
en nuestra cultura, su ilusión, su magia, trasciende del Belén, se les queda
pequeño ese espacio inanimado que comparten con el resto de figuritas y
desde allí se proyectan a nuestras casas, a nuestros pueblos, a nuestra
sociedad. Como perpetuación de la generosidad de los Magos al ofrecerle sus
regalos a Jesús, todos los años, el 6 de enero, vuelven los Reyes Magos a
nuestros hogares. Ellos ofrecieron al Niño lo mejor que tenían, cada uno de
nosotros deberíamos mirar en nuestro interior y buscar qué es lo mejor que
tenemos para ofrecer, cuál es nuestro oro, incienso o mirra para dar a los
demás.
La noche de Reyes es para muchos
niños una noche mágica y para sus padres una noche maravillosa donde los
Reyes hacen posible que los hijos alcancen sus ilusiones. Esas ilusiones que
los niños piden en su carta y entregan confiados a los pajes o a los mismos
Reyes. Y con la esperanza de recibir sus regalos preparan en sus casas
pequeños presentes: un vasito de licor y dulces para Sus Majestades, agua y
un poco de paja para los camellos.
La evocación de los Reyes Magos nos
traslada a la infancia y nos regala una gran energía renovadora. Recuerdo
cómo vivía de niño ese cosquilleo interior escribiendo y enviando la carta,
dejando los zapatos bien limpios en el balcón, que yo trataba de dejar
entreabierto para facilitar su entrada y los nervios de la espera, aquella
noche en la que debíamos dormirnos pronto y el sueño parecía no llegar
nunca. Años más tarde recuerdo cómo mantenía la ilusión de mis hermanos.
En los años de mi juventud la Noche
de Reyes siguió siendo noche de fiesta, de reunión de amigos, de sorpresas;
puedo recordar escenas, anécdotas, lugares, todo con un denominador común:
Santi y los amigos, nuestros amigos de siempre, ésos que hoy también están
aquí.
Más tarde como padre he disfrutado,
todavía más con mis hijos, preparando y escribiendo la carta, escuchando sus
anhelos y sus deseos cuando eran pequeños, ayudándoles a entender el
significado de los Reyes Magos, asistiendo a la cabalgata de Reyes. Y ahora
ya mayores guardando en secreto regalos y obsequios, manteniendo la ilusión
y el misterio del seis de enero. Vivir los Reyes con nuestros hijos, ver la
expresión de sus rostros, es una de las mayores satisfacciones que nos
depara la vida.
Voy a finalizar mi pregón haciendo
con todos vosotros un pequeño ejercicio de imaginación, ¿qué creéis que nos
dirían los Reyes Magos si ellos nos escribieran a nosotros una carta? Si
contestasen a nuestras peticiones dirían así:
CARTA DE LOS REYES MAGOS A LOS
JUMILLANOS
Queridos jumillanos:
Hemos leído todas las cartas que
nos habéis enviado este año, nos ha sorprendido y conmovido ver que todos
pedís lo mismo. Así que hemos decidido que sí, que lo tendréis: os
llevaremos FELICIDAD.
Aunque algunos la habéis pedido con
otros nombres: alegría, amor, esperanza, amistad, libertad, trabajo…
Pero ¿una Felicidad total? No. Y no
porque no queramos llevárosla, sino porque no existe felicidad plena y total
en la tierra. Así que en el 2011 tendréis Felicidad, pero haceos a la idea
de que también, en algún aspecto encontraréis falta de felicidad.
Sabed que la Felicidad es un
juguete muy caro y delicado, en realidad más que un juguete es un
instrumento, una herramienta, un estado de espíritu, una forma de ser. Por
eso os aconsejamos que sigáis este manual de instrucciones:
- No le tengáis miedo y empezad a
usarla desde ya mismo.
- No os canséis de ella a los
cuatro días, como habéis hecho con tantos juguetes.
- No la guardéis escondida, porque
no se desgasta al usarla.
- No la desarméis para ver qué hay
dentro.
- No le quitéis ninguna pieza, ya
que sólo funciona entera.
- No se os ocurra romperla ni
tirarla lejos.
- No pongáis en su caja ninguna
otra cosa.
- No dejéis que os la roben ni
estropeen, tampoco estropeéis vosotros la de los demás.
- Dejad que juegue con ella todo el
que quiera.
En definitiva cuidadla y haced que
os dure. Si es así, el año próximo os traeremos más.
Melchor, Gaspar y Baltasar.
Gracias a todos por haber
compartido este momento tan importante y significativo para mí. Deseo que
este año vivamos en comunión el misterio de Belén, este abrazo que se dan el
cielo y la tierra en la divinidad humanizada del Niño.
Os deseo de todo corazón: ¡FELIZ
NAVIDAD!
Jumilla, III Domingo de Adviento
12 de diciembre de 2010
